El fantasma de Brian Jones

El fantasma de Brian Jones

Sussex, Inglaterra. Madrugada del 3 de julio de 1969.

Brian Jones flotaba boca abajo en su piscina. Tenía 27 años. Tres semanas antes, Mick Jagger y Keith Richards habían ido a su casa a comunicarle, con palabras educadas, que los Rolling Stones seguían sin él. El grupo que Brian mismo había fundado en 1962 lo expulsaba. «Dimito por motivos musicales», dictó él a la prensa. Todos sabían que no era así.

La noche del accidente había luna llena. Brian había estado bebiendo durante horas con su novia sueca y con los obreros que reformaban la mansión — Cotchford Farm, la misma casa donde A. A. Milne había escrito Winnie the Pooh. El bosque en el que Christopher Robin jugaba con Pooh estaba a veinte metros de la piscina donde Brian se ahogó.

La autopsia dictaminó «muerte por desventura»: alcohol, ansiolíticos, asma. Pero en 2009, uno de aquellos obreros, Frank Thorogood, confesó en su lecho de muerte haber sostenido la cabeza de Brian debajo del agua esa noche. «Se lo merecía», dijo. Nadie reabrió el caso.

Dos días después de la muerte, los Stones tenían programado un concierto gratuito en Hyde Park. Lo mantuvieron como homenaje. Mick Jagger, vestido con una túnica blanca de dama inglesa, leyó un fragmento de Shelley ante 250.000 personas: «Él no está muerto. Solo se ha despertado del sueño de la vida». Después soltaron 3.500 mariposas blancas al aire sobre Londres.

Lo perturbador llegó cuando la banda atacó Sympathy for the Devil. La canción se había grabado doce meses antes, en los estudios Olympic. Brian estaba allí esa noche — escondido en un rincón, demasiado ido para tocar nada útil. Su única contribución fue un rasgueo de guitarra acústica que apenas se oye en la mezcla final. Su despedida, enterrada en el background.

Cuando en Hyde Park sonó el woo woo del estribillo y el público aullaba, Mick miró al cielo. Ya no era una canción sobre Satanás. Era una canción sobre Brian.

Desde entonces, los conciertos de los Stones arrancan con Sympathy for the Devil más veces de las que la estadística podría justificar.

A veces un fantasma se sube al escenario y nadie tiene el coraje de pedirle que baje.

rr.

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