Cash entra a Folsom
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Folsom, California. 13 de enero de 1968.
Johnny Cash tenía 35 años y la sensación de estar muerto en vida. Las anfetaminas le habían borrado la voz y la cabeza. Su carrera llevaba tiempo cuesta abajo y en Columbia Records ya se hablaba de soltarle.
Entonces volvió a proponer la idea más absurda que se le podía ocurrir a un ejecutivo: grabar un disco en directo dentro de la prisión estatal de Folsom, ante los presos de una cárcel de máxima seguridad. Llevaba años insistiendo. Siempre le decían que no. Bob Johnston, su nuevo productor, fue el primero en decir que sí.
Aquella mañana, Cash, June Carter y la banda entraron al comedor escoltados por guardias armados. El escenario era una tarima entre las mesas donde los presos comían cada día.
Cash se acercó al micrófono, hizo una pausa y dijo sus palabras más famosas:
«Hello. I'm Johnny Cash.»
Atacó Folsom Prison Blues, una canción que había escrito más de una década antes sin haber pisado nunca una cárcel. Cuando llegó al verso más famoso, «I shot a man in Reno just to watch him die», el comedor rugió. Los guardias no apartaron la vista de la sala. Cash no levantó la suya. Siguió tocando como si aquello fuera exactamente lo que esperaba.
Lo que hizo aquel día no fue un concierto. Fue reconocer a esos hombres como hombres. Les cantó Cocaine Blues, Dark as the Dungeon, 25 Minutes to Go. No les predicó. No les perdonó. Solo los miró a los ojos.
At Folsom Prison salió en mayo de 1968 y lo cambió todo. Cash nunca volvió a estar en caída. Semanas después del concierto le había pedido matrimonio a June en pleno escenario. Un año más tarde volvió a una cárcel, esta vez San Quentin, y grabó el disco gemelo.
Desde entonces y hasta su muerte, cuando le preguntaban por qué vestía siempre de negro, respondía con su canción Man in Black: lo llevaba por los pobres, por los olvidados, por los que habían caído. Por los que estaban en Folsom.
Un hombre acabado entró en una cárcel. Salió convertido en leyenda.
rr.