La noche que Hendrix quemó su guitarra
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Monterey, California. 18 de junio de 1967.
Antes de subir al escenario, Jimi Hendrix se sentó en el camerino con una Stratocaster blanca recién comprada, un pincel y un bote de pintura al óleo. Durante casi una hora la decoró a mano: flores, dragones, motivos psicodélicos. Cuando terminó, la miró como quien mira a un animal antes de soltarlo.
Aquella noche, The Jimi Hendrix Experience tocaba después de The Who. Pete Townshend había reventado ya su guitarra contra los amplificadores. Jimi entendió el mensaje: si quería existir en la memoria de aquel festival, tenía que ir más lejos.
Empezó por el final. Cuando la banda atacó Wild Thing, el público sintió que algo no iba como en los discos. Jimi tocaba la guitarra con los dientes, con la espalda, la pasaba entre sus piernas como si la domara. Y entonces, en el último compás, se arrodilló.
Detrás del amplificador tenía escondida una lata de gasolina. La abrió, la derramó sobre la Stratocaster que había pintado esa misma mañana y acercó una cerilla. El fuego saltó. Pero Hendrix no se apartó. Se quedó arrodillado sobre la guitarra ardiendo y, con las manos, invitó al fuego a subir — como si guiara una llama sagrada, como si oficiara un ritual.
Las fotos que hizo Jim Marshall esa noche se convirtieron en la postal más reproducida del rock. Lo que pocos saben es que Jimi había planeado cada pieza: la pintura matinal, la gasolina escondida, el gesto de las manos. El sacrificio estaba premeditado.
Días después, un periodista le preguntó por qué. Hendrix respondió: «La quemé porque la amaba. Y no podía permitir que alguien más la tocara.»
Aquella Stratocaster no murió. Sus restos pasaron de mano en mano durante décadas. Hoy cuelgan en un museo de Seattle. Detrás del cristal todavía se ven las flores que él pintó esa mañana, ennegrecidas por el fuego que él mismo encendió.
Algunos objetos no se compran. Se invocan.